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La marcha de las izquierdas

Una crítica a la mecánica de la ruptura

Martes 17 de Diciembre de 2013
 
 
Erase una vez el año de 1987 cuando un grupo de notables, marginados por la administración del presidente Miguel de la Madrid, desafiaron la disciplina impuesta por el partido ocasionando la mayor ruptura que el PRI recuerde desde el momento de su fundación: los protagonistas de aquella arenga fueron el exgobernador de Michoacán Cuauhtémoc Cárdenas y el expresidente del CEN del Revolucionario Institucional durante el sexenio de Luis Echeverría, Porfirio Muñoz Ledo.
 
En pocos días este par de personajes, desde las entrañas del régimen, encabezaron la llamada Corriente Democrática cuyo único objetivo era tan subversivo como simple: poner a debate la idoneidad de la política económica y social puesta en marcha por el presidente a lo largo de su sexenio.
 
La solución por la que optó Corriente Democrática, muy similar a la que propondría Francisco I. Madero en 1911, se supeditó a la implementación de mecanismos de verdadera democracia al interior de la clase gobernante. Desde luego el costo político resultó ser mayúsculo.
 
En 1988 terminó por romperse una de las reglas no escritas del sistema bajo un supuesto casi obvio: la verdadera apertura, dictaban los cánones de la época, sólo podía conseguirse en detrimento del poder del Ejecutivo. En ese contexto vio la luz el Frente Democrático Nacional conformado por una coalición de disconformes, lo suficientemente aptos como para instaurar un partido de izquierda desde lo profundo de una dictadura liberal progresista; así como absolutamente incapaces para superar la derrota histórica que implicó la caída del muro de Berlín y la muerte del socialismo “realmente existente”.
 
El manifiesto del FDN, en contracorriente con la liberalización económica, era tan viejo como singular en sus fundamentos: principalmente se centró en la necesidad de revertir el proceso de empobrecimiento de las mayorías, disminuir el desmantelamiento del aparato paraestatal, así como dejar de apostarle al pago de la deuda generando “un cambio verdadero” dirigido a reanudar el crecimiento económico.
 
Parece que las cosas no se han movido mucho desde entonces. En 1988 un total de 19 106176 ciudadanos acudieron a las urnas; los resultados fluyeron con tanta lentitud que les fue muy fácil a la oposición y a la opinión pública mantenerse incrédulos frente al 50.71 por ciento obtenido por Carlos Salinas de Gortari, el primer candidato del PRI destinado a inaugurar una triste tendencia que no cambiaría su suerte hasta las elecciones de 2012.
 
Además del descalabro electoral del Revolucionario Institucional –ponderado en 15 puntos con respecto a la última elección federal y 20 comparada con la última presidencial– la palabra fraude atiborraba las plazas y avenidas a tambor batiente. Las reacciones de Cárdenas y el FDN no se hicieron esperar: concretamente demandaban la renuncia al cargo del “presidente electo” así como un interinato en el marco de una convocatoria para nuevas elecciones.
 
El clima político, en una verdadera anticipación al año de 2006, corrió en medio de profundas confrontaciones y álgidos litigios; todos ellos fueron inútiles, la maquinaria del sistema se impuso y el 1 de diciembre Salinas tomó posesión de la oficina central de Los Pinos con un saldo de legitimidad impensable para cualquiera de sus antecesores.
 
Contra todo pronóstico el Ingeniero Cárdenas, respaldado por el 30.59 por ciento del total de los sufragios –5 843779 en términos nominales–, simplemente le extendió un cheque en blanco a las instituciones comandadas por el régimen. “Ruptura que transige es una ruptura concedida”; debieron escribir los analistas de la época.
 
En un vuelco profundamente conservador, y a sabiendas de la inequidad del sistema electoral, desde el momento de su fundación el Partido de la Revolución Democrática decidió contender por el poder apegándose a las reglas del régimen del que paradójicamente se intentaba desmarcar. Así, inmerso en una tensión sistemática entre ruptura anticipada y disciplina progresiva inició la marcha de las izquierdas; un cuarto de siglo ha transcurrido desde entonces y una de las grandes recompensas del PRD ha sido la frustración como resultado de la contienda.
 
Durante las elecciones presidenciales de 1994, en una singular necedad predestinada a convertirse en el leitmotiv del partido del sol azteca, Cuauhtémoc Cárdenas contendió por segunda vez por la presidencia obteniendo 16.60 por ciento de las preferencias electorales –60 208 sufragios más que en 1988–. Un sexenio después su obstinación lo llevaría a conseguir un 16.64 por ciento que en términos nominales superó el tope de 1994 por la escasa cifra de 352 793 votos.
 
Las elecciones del año 2000 sumergieron al PRD en una crisis profunda, su inercia electoral fue la gran responsable de la pérdida del monopolio legítimo del antipriismo nacional al haber sido despojado, por la coyuntura de una alternancia histórica capitalizada por Acción Nacional, de su único emblema de cohesión interna: “sacar al PRI de Los Pinos para democratizar a México”.
 
Un sexenio después, sin dar un paso más allá de las fronteras de su singular conservadurismo, el PRD decidió “reinventarse antes que morir” en el intento que suponían los comicios del 2006. No es casual que Andrés Manuel López Obrador, guardando las formas de la ruptura, haya “mandado al diablo a sus instituciones” en un intento de refundación y redireccionamiento de la marcha de las izquierdas.
 
Desde luego se trata de una declaración que, tras la falsa imagen de un radicalismo contencioso, fue capaz de encubrir el cambio en la estafeta moral así como la revitalización del manifiesto original del FDN. “Haiga sido como haiga sido”, y al menos por un instante en la historia del PRD, por primera vez la mecánica ya no implicaba una ruptura ex ante predestinada a capitalizar las preferencias electorales ex post; finalmente el partido se había despojado de las ataduras de una tregua abiertamente manifiesta.
 
Andrés Manuel llegó con 18 años de retraso a las filas de la izquierda. A pesar de enfrentar dignamente un complot orquestado por el gobierno federal y de lidiar con una campaña negativa sin precedentes en la historia electoral de este país; conquistó el respaldo del 35.31 por ciento de los sufragios –14 756350 en términos nominales– y, sin embargo, la presidencia de la república “se le escurrió de las manos” por la cifra récord de 0.58 por ciento.
 
Una vez más, en una suerte de “parangón elíptico” al contexto de 1988, las calles y las plazas estaban atestadas de protestas; incluso Paseo de la Reforma, el principal corredor comercial de este país, fue tomado por un alud de campamentos que cometieron la osadía de “ser realistas pidiendo lo imposible”, de forzar a las instituciones a entender que “la ley no era la letra –como decía Hobbes– sino la intención del legislador” y hacer un recuento total de los votos.
 
Como pez en el agua, tras el hostigamiento marcado por un desafuero y con la probada intervención del gobierno federal en su contra, AMLO sostuvo hasta sus últimas consecuencias el único discurso creíble: “un fraude había sido operado” por la alta clase política que, contradictoriamente, emergió y sobrevivió a una transición democrática.
 
Así que apegado a la vieja tradición del siglo XIX mexicano, en una actitud claramente pactista y azuzando el artículo 39 de la Constitución de 1917, López Obrador dotó de nuevos contenidos a la ruptura de las izquierdas llamando a una Convención Nacional Democrática celebrada el 20 de noviembre frente a Palacio Nacional, en una fecha de antaño significativa para el Revolucionario Institucional se contaron los millones de manos que se alzaron para votar por “el presidente de un gobierno legítimo”.
 
En una guerra de símbolos, como si el tiempo se hubiera empecinado en marchar a contracorriente, el águila juarista resultó ser la bandera de una nación escindida entre la continuidad y la ruptura. No obstante el sistema político volvió a ganar la partida: Andrés Manuel, tras una faceta abiertamente “amorosa”, buscó una tregua con el sistema electoral y las instituciones políticas que en su conjunto había denostado y sepultado seis años atrás; su disciplina recién adquirida pronto mostró la gravedad de sus efectos, pero se debe sobre todo a su tibieza mostrada durante el segundo debate –transmitido el 10 de junio frente a una audiencia de 27 millones de televidentes– su condena a las izquierdas a contender por el poder desde los márgenes de la democracia y la inequidad.
 
El daño del ejemplo era cuantioso y contundente: a) la información publicada por The Guardian por primera vez alejaba de toda sospecha el complot que en 2006 había sido orquestado en contra de López Obrador, exhibiendo los nexos inquebrantables de Televisa con el candidato del Revolucionario Institucional; b) un audio amañando difundido por Acción Nacional demostraba los alcances de una campaña negativa centrada en el amarillismo y la mentira; c) las consignas del #MoviminetoYoSoy132 sobre la equidad en el manejo de la información y el uso selectivo de los comentarios editoriales vaciaba de contenido la expresión: “si la televisión hiciera presidentes, usted sería presidente”, pronunciada por el candidato del PRI durante el primer debate; d) el escándalo del exgobernador de Tamaulipas Tomás Yarrington, y sus vínculos con el crimen organizado, ponían en entredicho la eficacia de la política de seguridad nacional comandada por el gobierno federal, al igual mostraban la amplitud de los tratos corporativos a disposición de los gobernadores priistas y de la maquinaria electoral del partido.
 
Nunca antes un candidato había tenido tantas armas a su favor y nunca antes, en esa inmejorable circunstancia, un presidenciable se había atrevido a ser tan escrupulosamente respetuoso y guardar silencio. De acuerdo con los cómputos distritales López Obrador obtuvo el 31.59 por ciento, 1 140649 votos más que en 2006 en una votación total de 50 323153 sufragios emitidos.
 
El silencio de Andrés Manuel fue facturado en 6.62 puntos porcentuales que hicieron posible el retorno al Revolucionario Institucional a la oficina central de Los Pinos. La derrota del PRD fue contundente: después de un cuarto de siglo de luchas, contiendas y consignas; la marcha de las izquierdas ha regresado al punto de partida.
 
En consecuencia calles, plazas y avenidas han sido tomadas por la sociedad civil organizada sólo que esta vez, a diferencia de ocasiones anteriores, el imaginario del fraude se desvanece frente a la inequidad de la contienda expresada en la compra descarada y coacción impune de los sufragios; “la democracia sólo sabe de procedimientos, nada puede hacer frente a la compra-venta de los sufragios”, dice el IFE y los manuales de los sistemas electorales. Esto suena tan plausible que es muy difícil desmitificarlo en una república que ha decidido subastar sus más altos cargos de elección popular.
 
AMLO, atado de manos por los términos de su propia tregua, resiste apegado a los procedimientos institucionales. A sabiendas de la naturaleza y limitantes del COFIPE ha decidido impugnar la elección por los causes legales; al tiempo que ha convocado a un Plan Nacional para la Defensa de la Democracia y la Dignidad de México. Claramente Andrés Manuel se ha condenado a un exilio voluntario y simbólico; su lucha ya no es política y menos aún electoral, ahora su resistencia es moral. ¿Y qué otra opción le quedaba después de un silencio tan abrumador?
 
 
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