90 minutos en el infierno: secuestro exprés en puebla

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El acompañamiento psicológico tras casos así, es básico para que la víctima pueda hablar de lo ocurrido

Por Karla Sánchez Castañeda

César tenía 20 años cuando un sábado cualquiera tomó un taxi al salir de una reunión. La fecha no se le olvida: 13 de febrero de 2016. Eran las once de la noche y abordó la unidad en la Avenida Juárez, casi esquina con la 17 sur, en la Zona Esmeralda de la ciudad de Puebla.

A cuatro años del hecho, recuerda que el viaje transcurrió de manera normal, él viajaba en el asiento trasero e incluso charló un rato con el taxista. Repentinamente durante un semáforo en rojo, el auto frenó y tres hombres abordaron la unidad; uno en el lugar del copiloto y dos en los asientos de atrás, dejando al joven en medio.

Entre los tres le arrebataron el celular, la cartera y objetos personales; le cuestionaron sobre los números confidenciales de las tarjetas bancarias y el límite de crédito de cada una de sus cuentas.

El auto seguía en movimiento y los agresores comenzaron a golpearlo, al tiempo que lo amenazaban con un cuchillo. El joven trató de tomar el arma para evitar una lesión mayor y en el forcejeo sufrió cortaduras graves en las manos. El taxi continuó su viaje.

“BÁJATE E HÍNCATE”

El vehículo circuló por un par de minutos que se sintieron eternos, recuerda. Finalmente y tras varias vueltas, se detuvo. “En ese momento pensé que ya no vería a mi familia” nos narra el joven –hoy de 24 años– pero entonces el conductor recibió la llamada que todos esperaban: uno de los cómplices había logrado retirar dinero de las tarjetas.

En aquel instante las instrucciones fueron claras: “bájate e híncate” le ordenó a César uno de los captores. Con la mirada hacia el suelo, obedeció y segundos después el taxi se había ido. El muchacho se encontraba ahora en Amalucan sin dinero, ni teléfono y con una aparatosa herida en las manos.

Tras varios intentos fallidos, logró conseguir una moneda para comunicarse con sus padres desde un teléfono público y sería cuestión de horas para conocer las consecuencias de lo ocurrido en esos 90 minutos.

42 MIL PESOS Y 50 PUNTADAS

El saldo económico fue de 12 mil pesos retirados en efectivo y 30 mil gastados en diversas compras, entre farmacias y gasolineras. Éstas últimas fueron resueltas por el banco, pero los retiros en cajero automático no, bajo el argumento de que el joven no cuidó su número personal.

Las consecuencias físicas implicaron una sutura de 40 puntos en una mano y 10 en la otra, además de terapia de rehabilitación.

La rutina de su familia también se vio afectada: dejaron de abordar taxis y optaron por modificar sus rutas con frecuencia. La decisión unánime fue no denunciar el hecho por temor a represalias, pues los secuestradores tenían en su poder las identificaciones del joven, además de que, al no contar la familia con las cifras exactas de lo robado, los agentes del ministerio público que se presentaron en el hospital para tomar la declaración correspondiente decidieron retirarse.

Cabe destacar que aquel año, a nivel nacional, las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública reportaron solo 6 secuestros exprés, ninguno de ellos en Puebla, demostrando que los datos oficiales no siempre coinciden con la realidad.

IRA E IMPOTENCIA

Pasado el tiempo, se hicieron aún más evidentes las secuelas del incidente; tanto las físicas como las emocionales.

“¿Cómo podía ser que antes movía los dedos y ahora por cuatro personas ya no puedo?”, exclama César al referir el sentimiento de ira e impotencia que le invadió semanas después del secuestro.

Y es que según refiere la Dra. María Eugenia Falcón, el acompañamiento psicológico tras casos así, es básico para que la víctima pueda hablar de lo ocurrido y resignificar el hecho, evitando así la aparición de trastornos como ansiedad, afecciones del sueño o problemas para relacionarse, derivados de la fractura que sufre un individuo al verse envuelto en una situación completamente fuera de sus manos.

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