Cien años de historia de relojes y los Olvera en Zacatlán

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Conoce la historia de Clemente Olvera Trejo, heredero de la tradición que su abuelo Alberto iniciara en 1909.

Por Karla Sánchez

Una de las vocaciones de Zacatlán es la relojera y productos de la misma podemos encontrar en varias partes de México y el mundo.

Testigo de ello es Clemente Olvera Trejo, heredero de la tradición que su abuelo Alberto iniciara en 1909.

Por aquel entonces, Don Alberto colaboraba dando cuerda al reloj que alberga el convento del municipio y de ahí le nació la inquietud de fabricar uno. Así, armado con un libro de relojería escrito en francés, un diccionario y ganas suficientes, logró terminar su primera pieza. Tres años le llevó realizar esta labor ante la mirada atónita de su familia y específicamente de su tío, quien no creyó que lo consiguiera.

Al tiempo, vendría su primer encargo: un reloj para su primo. No obstante, éste falleció y sus hijos decidieron que no necesitarían el artefacto, por lo que Don Alberto decidió enviarlo a un estudio fotográfico en la Ciudad de México y que ahí fuera puesto en venta.

Por casualidad, suerte o destino, una comitiva de Chignahuapan había viajado a la capital del país para buscar un reloj que pudieran instalar en la Iglesia de Santiago Apóstol, el templo de su localidad. Al llegar, se toparon con el reloj hecho en Zacatlán y hoy ese mismo se alza en el municipio vecino.

Pronto, don Alberto empezó a recibir encargos y de esta manera nació lo que hoy sería una empresa familiar. Su hijo Roque Olvera Charolet dio seguimiento a la tradición a inicios de la década los 40 y en la actualidad, ésta corre a cargo de Clemente, su nieto.

Yo creo que empecé en esto desde el vientre materno, dice a Oro Noticias el hoy gerente de Relojes Olvera Tercera Generación, al recordar que desde los seis años, su padre lo llevaba a la fábrica para trabajar en la fundición, los tornos, haciendo engranes, fabricando carátulas o pegando números. Así empieza uno, añade.

Hoy, en la carretera a Jicolapa se asienta la fábrica, junto con un museo, réplica del primer taller que don Alberto montó en 1918, con maquinaria para el trabajo que hoy continúa y si bien la primera empresa corrió por cuenta del fundador, al tiempo se ramificaría en varias que, día con día, siguen dando vida a la tradición.

En el caso de ésta, son 54 las personas que colaboran fabricando relojes monumentales –los cuales hoy podemos encontrar en casi todo el territorio nacional y distintas partes de América y Europa-, todos fabricados a la vieja escuela, en un complejo proceso que Clemente explica con singular naturalidad: primero el diseño, luego la soldadura y la fundición para la producción de engranes, ejes y platinas, así como el resto de las partes que finalmente serán ensambladas.

Pero no es sólo la relojería moderna y de antaño la que se trabaja en este lugar, sino también el antiguo arte de la carillonería. Ese que permite configurar algunas piezas a modo de caja musical y que podemos identificar cuando en una iglesia o edificio antiguo, suena alguna melodía aparentemente interpretada por campanas.

Estas dos, son las tareas principales de Clemente y la fábrica de su familia, cuyo reto ahora es continuar la tradición, transmitir el amor por la relojería a las nuevas generaciones y mantener vivo el trabajo que por años se ha venido desarrollando en este histórico taller.

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