Covi-Lics

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Por Enrique Huerta

Este lunes más de 80 mil estudiantes y un cúmulo de 72 mil aspirantes a la máxima casa de estudios regresaron a clases sin salir de casa. La mayor crisis sanitaria por la que haya atravesado el país terminó por sacudir los cimientos de la Universidad pública que desde hace décadas se alejó del ágora para alienarse a los esquemas de la fábrica: las aulas se han “mcdonalizado”, no necesariamente a causa de plataformas electrónicas combinadas con el Covid-19; la historia quizá se remonta a las luchas por la autonomía universitaria que, en su afán de responder a “la cuestión popular”, copiaron el formato de producción en serie de títulos y cédulas cada vez más devaluados, hechos a la medida de las necesidades de un mercado francamente precarizado.

La pandemia encontró en México una Universidad enferma a causa de la profundización del antídoto de “la era neoliberal” que los gobiernos de la 4T juraron quebrar. ¿O de qué otro modo podría calificarse un aumento significativo de la matrícula de educación superior en todo el país acompañado de incrementos presupuestales ligeramente por arriba de la inflación? La receta es digna de un Chicago boy: si acabas con la Universidad acabas con la Ciencia y, junto con ella, con el único espacio anti-político que está facultado para evaluar el desempeño de un buen gobierno. No es casualidad que tengamos “ilustrísimos doctores” diciendo que “la curva se ha aplanado” frente el ruido ensordecedor de las redes sociales y el silencio sepulcral de los Institutos de Investigaciones.

Y, sin embargo, el coronavirus trajo consigo otras limitaciones que la tecnología y el ingenio difícilmente podrán superar: para un docente es relativamente fácil –si ha superado la brecha digital- impartir un curso de “Estadística aplicada a la gastronomía” a través de Zoom sin abrumar al alumno con tareas inútiles y una montaña de PDFs interminables; pero ¿cómo hacer lo propio con una asignatura como “Servicio de comedor” a través de Blackboard? El reto de Gastronomía también lo enfrentan en Arquitectura: ¿cómo podrá estar seguro un estudiante que adquirió los saberes necesarios para el dominio de una materia como “Diseño práctico de concreto reforzado” sin la evaluación presencial de un catedrático? El fenómeno se repite en Electrónica, Ingeniería, Medicina y hasta en Artes: ¿imagine usted egresados que jamás pudieron entrar a un laboratorio pero que aprobaron Fisicoquímica III, Microbiología o Micología Veterinaria? ¿O en su defecto estudiantes de música que necesitan practicar pero que carecen de piano en casa?

Como todo complejo industrial monumental, eso es hoy la Universidad pública, no puede haber paro de línea en tiempos de pandemia; el costo político sería incalculable, así que la generación de “Covi-Lics” sigue.