El Grito

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Por Enrique Huerta

Érase una vez un país muy, muy lejano; azotado por el hambre, la violencia y una profunda desigualdad. El poder estaba en manos de una turba de bandidos que arrojaban frijol con gorgojo cada que de contar votos se trataba; hacían lo que querían con el dinero de todos para beneficio de unos pocos. Un buen día, ese pueblo no pudo estar más empobrecido, así que teniendo muy poco que perder confió en el que parecía el más sensato de todos: se trataba de alguien que desde muy joven luchó por las causas perdidas, aparentaba honestidad valiente, una cosa muy rara en un país de tan excéntricas hipocresías; como era de esperarse despertó las más grandes sospechas pero, a medida que se ganó el desprecio de la mafia del poder, la gente reaccionó con la filiación más fervorosa.

El día de la elección llegó puntual a su cita con la Historia. Los partidos se enfrentaron a un gran movimiento y no pudieron ser oposición, se dijo que porque estaban moralmente derrotados; aquella noche las estrellas brillaban sobre una plaza que estaba llena de fervores y esperanzas, en más de medio siglo no se había visto cosa similar, conmovido hasta las lágrimas el candidato recién electo demostró que no era un tecnócrata ni mucho menos un hombre de hojalata, lanzó una promesa que no pudo postergar: “tengo la ambición legítima de ser un buen presidente”. El pueblo, conmocionado, como quien no creía que el destino del país estaba por primera vez en sus manos, gritó de alegría.

Los días fueron pasando y las cosas al interior del fastuoso palacio, mudo testigo de mejores épocas, no eran tan simples como se esperaba. Se buscó el consejo de los héroes y hasta la cartilla moral de los sabios, pero nada de eso era suficiente: se tenía que refundar la república; la cuarta transformación algunos le llamaron. Nada como el alba de cada mañana para hacer que un país comenzara de nuevo, en una de sus conferencia el recién estrenado decidió que debía existir una institución dedicada a devolverle al pueblo lo robado; un avión se encontraba en la mira del presidente, se puso en venta pero nadie lo quiso, tenía la macha indeleble de la corrupción y el mal gobierno y nadie quiere volar en eso, así que se optó por lo más descabellado que, en con condiciones de desesperación, suele ser lo más sensato: rifarlo. Se hicieron recorridos presenciales y virtuales, se imprimieron miles de series: diputados, senadores, alcaldes, funcionarios, contadores, empresarios, comerciantes, taxistas y hasta ambulantes, en medio de una brutal crisis económica, compraron las dos terceras partes de la boletería impresa. ¿Qué tan bueno debió ser ese pueblo que cada uno se privó de 38 kilos de tortillas a cambio de las ilusiones de un solo cachito?

Llegó el gran sorteo. Los niños gritones cantaron las cifras y las familias ganadoras estallaron de alegría la noche de su independencia; mientras tanto, en los velatorios y cementerios, entre pobreza, dolor y rabia cientos se despedían en silencio de sus difuntos a causa de una pandemia incontenible. ¿Qué calificativo le pondría usted a ese pueblo de aquél país muy, muy lejano?