La quema de los tzotziles

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Marko Cortés debió haber esbozado una ligera sonrisa cuando se enteró que indígenas tzotziles, habitantes de la comunidad de San Antonio del Monte, del municipio de San Cristóbal de las Casas, fueron los primeros en el país en llevar a la práctica su desquiciada propuesta: quemar los libros de textos de la Nueva Escuela Mexicana.

¿Cuáles fueron los motivos por los que, en pleno siglo XXI, padres de familia emularon actos francamente fascistas? La combinación de costumbre desde los tiempos de la Alemania nazi: odio recalcitrante, un populacho enardecido y una ideología convincente.

«¡Son del diablo, son basura!», gritaban mientras las brazas del fuego acababan con los libros de texto pagados por los constituyentes. «¡Ahí enseñan el comunismo!», decían llenos de orgullo. «No queremos puterías», aseguraban con una brillo en la mirada los padres de familia, convencidos de que “la divina providencia” los había elegido para erradicar el mal de San Antonio del Monte. Increíblemente han pasado 500 años y la conquista espiritual todavía la llevan en su ADN las castas más retrógradas de México.

El simple hecho de que una turba santurrona e ignorante haya cometido semejante acto de barbarie confirma, entre otras cosas, que el fracaso del sistema educativo lleva décadas reproduciéndose impunemente, condenando al rezago cultural a los más pobres de México.

Desafortunadamente no estamos frente a una falla del sistema, limitada a los altos de Chiapas. No olvidemos la indignación de campesinos indígenas de Morelos, que el 10 de diciembre de 2019 tomaron por asalto el Palacio de Bellas Artes a causa de un lienzo cuyo único talento radicó en quitarle las botas a Zapata para ponerle unas sugerentes zapatillas negras y un entrañable sombrero rosa. Esa pobre gente no tuvo ningún empacho en haber llevado a Cuauhtémoc Blanco a la gubernatura de su estado, pero que nadie se atreva a “homosexualizar” al histórico caudillo, “macho alfa” por todas las la ley –según ellos–, por que son capaces hasta de entrar a Bellas Artes.

La tragedia se torna profunda cuando advertimos las cifras del sexenio pasado y descubrimos que la barbarie desborda la ruralidad indígena: en datos oficiales 473 personas fueron asesinadas por motivos relacionados con su orientación sexual, siendo las mujeres trans las más expuestas con 261 transfeminicidios, un tipo penal que ni siquiera está incorporado a la legislación mexicana. La respuesta institucional frente al exterminio fue nula pues sólo 14 personas, de ese gran total, fueron consignadas durante el mismo periodo.

Las cifras no sólo exhiben el incuestionable fracaso del sistema educativo con todo lo que esto conlleva: el triunfo de los prejuicios sobre los derechos… ¿De qué tamaño será la decadencia que incluso, los sectores “más progres” de México, están convencidos que el triunfo de Wendy en un reality show es una clara señal de una sociedad menos retrograda?

Más allá de la ficción propia de la sociedad del espectáculo: Chiapas, Morelos y el resto de México tienen “otros datos”.

Por Enrique Huerta