La rebelión de los cuadros

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Por Enrique Huerta

Partido mata movimiento. La horizontalidad propia del activismo ciudadano y la agenda no mediada por la razón gubernamental sucumbe al minuto siguiente del nacimiento de la fracción política; una estructura vertical, susceptible a la disciplina autoimpuesta, a la movilización, pero sobre todo a la oligarquización de las viejas células que abren paso a los cuadros, a las élites y, en consecuencia, a la carne de cañón de la militancia.

Desde sus primeros curules Morena dejó de ser un movimiento, nada como la vida burocrática y el presupuesto público para vacunar a cualquier estructura de las formas elementales de la resistencia organizada; en San Lázaro su bancada se forjó como una oposición coherente, pragmática de ocasión pero estrictamente doctrinaria cuando debía serlo; heredera de una larga tradición de izquierda no le fue difícil erigirse como un contrapeso inteligente durante los últimos años del “despeñadero”. El triunfo de López Obrador en 2018 lo cambió todo, un giro de 180º al reclutamiento de las élites del sistema político mexicano que se tradujo en un éxito tan arrollador como prematuro para Morena pues, en menos de un sexenio, debió comportarse a la altura de un partido predominante siendo apenas una confederación de coaliciones incapaces de superar las disputas propias de su momento fundacional.

Sin embargo “a cada capilla le llega su fiestecita”: su contienda interna para elegir a su nuevo presidente y secretario general es una expresión pública de su tensión permanente; lopezobradoristas puros, moderados, renovadores y hasta radicales se agrupan en las figuras de Mario Delgado, Yeidckol Polevnsky, Alejandro Rojas, Gibrán Ramírez y Porfirio Muñoz Ledo. La pugna está en los extremos y la tajada es demasiado grande -21 mil cargos de elección popular- para tan pocas coaliciones; mientras los puestos de elección muy escasos frente al creciente número de devotos con aspiraciones.

¿Quién ganará? No quien prefiera la militancia, sino el electorado abierto a través de una encuesta donde se movilizarán las simpatías a favor de cualquiera que tenga el visto bueno de Palacio Nacional. Un halo participativo, casi democrático, con la legitimación técnica del árbitro electoral y la disciplina autoimpuesta de las coaliciones vencidas, las mismas que “tienen la arrogancia de sentirse libres” criticando a López Obrador pero que aún son incapaces de desafiarlo. Con todo respeto para los fervientes adoradores de la 4T: ni en los mejores años del PRI.

P.d. Ser parte de una contienda interna en tiempos de pandemia no sólo es de pésimo gusto, es indolente; analizar el asunto no me exime del daño del efecto, pero quizá, y sólo quizá, me dispensen los gajes del oficio.