La tiranía de las emociones

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Por Enrique Huerta

Una de las características centrales que marcó el tránsito de una sociedad mediatizada a otra digitalizada fue el triste hecho de que la crítica, con todas y cada una de sus implicaciones, dejó de tener algún efecto. El problema viene de lejos: comenzó con la transformación de las universidades en fábricas de profesionales programados para responder a las necesidades del mercado sin ser capaces de transformarlo y menos aún de cuestionarlo; es increíble que en plena recesión mundial el reclamo venga primero del Vaticano –me refiero a la encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti- mientras que la mayoría de los más prestigiados centros universitarios han guardado sepulcral silencio. Ahora que lo pienso no debería de sorprendernos demasiado: desde que la aprobación popular sustituyó a los indicadores del buen gobierno; la ciencia y la política se convirtieron en dos polos irreconciliables del desarrollo, abriendo paso a las más variadas ideologías que han colocado la utilidad pública y la auténtica necesidad bajo el yugo de la tiranía de las emociones.

Si los hombres ilustrados del siglo XVIII estaban plenamente convencidos de que la luz de la razón debía iluminar todo aquello que merecía ser desocultado; en un dramático contraste, las mujeres y los hombres de principios de siglo XXI han hecho de la indignación espectacular una técnica sistemática capaz de ocultar todo aquello que merece ser discutido y enmendado. No sólo la crítica, también la protesta ha perdido todo su sentido y esa es parte central de la tragedia de nuestro tiempo.

De otro modo, ¿cómo podríamos explicar que el presidente de un país que ha registrado 7 millones y medio de contagios y cobrado más de 200 mil muertes por Covid-19 se atreva a decirles a sus correligionarios que “no le tengan miedo al virus” siendo él mismo parte de la estadística e incluso estando aterrado por la dificultad de su reelección? Los discursos del poder ya no tienen consecuencias, sólo arrojan un mar de emociones que se archivan en el anecdotario del trending topic. Tan sólo hace unos meses Estados Unidos atravesaba por 200 años de indolencias raciales concentrados en una poderosa dosis de protestas bajo el clamor del “Black lives matter”: si el Colegio Electoral le hace una jugarreta a Donald Trump, con certeza podemos afirmar que la brutalidad policiaca, la discriminación y el comercio democratizado de armas de fuego no van a ser abolidos en América en la era de Joe Biden.

¿Qué queda cuando la protesta ha perdido sus efectos? La resistencia. Sin embargo ésta última necesita de una buena dosis de solidaridad y de un sentido de la responsabilidad colectiva de la que el mundo no ha tenido registro en décadas. Mientras eso no ocurra el destino manifiesto de nuestra generación seguirá siendo el que hasta ahora: el desencanto y la decadencia.