Linchamientos: Venganza desde el anonimato

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Por Karla Sánchez

El primer linchamiento del que se tiene registro en México data del año 1897, el 16 de septiembre cuando Arnulfo Ramos, en estado inconveniente, presuntamente intentó atentar contra el entonces presidente Porfirio Díaz.

El hombre fue detenido y la turba pidió su cabeza. Horas más tarde, en su celda de la comisaría de la Ciudad de México, perdió la vida y si bien, al tiempo se supo que los responsables fueron los policías, quedó sentado un precedente.

El artículo 17 constitucional establece que ninguna persona podrá hacerse justicia por sí misma, ni ejercer violencia para reclamar su derecho, sin embargo, según la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, de 1998 a 2017, Puebla registró 182 linchamientos y tan solo en 2018, se reportaron 48. Esto ha llevado a que, a nivel nacional, nuestra entidad ocupe el primer lugar en sucesos de esta clase.

En todos los casos, el rumor juega un papel fundamental, refiere a Oro Noticias la psicóloga social Dulce María Pérez Torres, quien agrega que una vez generada la masa es casi imposible que un tercero –autoridad o no- intente detener la violencia, pues corre el riesgo de verse agredido. De hecho 54.2% de los participantes en la Encuesta de Percepción sobre Seguridad Ciudadana y Convivencia Vecinal realizada por la CNDH (ENCOVE) manifiesta que en los linchamientos de su comunidad no hubo intervención policiaca.

Parte del fenómeno se debe también a la legitimización de la violencia y al refugio que los ciudadanos encuentran en el anonimato que el tumulto les ofrece. Esto termina por generar una escalada de agresividad presuntamente justificada y según apunta la criminóloga Ana Laura Pérez González, ni la culpa ni el temor de ser sancionado inhiben a la muchedumbre, pues al ser un acto perpetrado en masa, la persona pierde individualidad y temor al reproche social y legal, pues cabe destacar que artículo 229 del Código Penal del Estado Libre y Soberano de Puebla establece una sanción para quien provoque a cometer un delito o haga apología del mismo.

Además, la percepción de estar imponiendo un castigo ejemplar –mientras más violento, mejor- genera en el ciudadano la idea de desalentar futuras conductas indebidas, no obstante, según arroja la ENCOVE, al menos en Puebla, después de una ejecución así, 7 de cada 10 ciudadanos se sintieron igual de inseguros que antes.

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