Nacocracia

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Por Enrique Huerta

¿Cómo asimilar el discurso del poder sin extraviarnos en los fuegos de artificio de la oficialidad? Quizá para ayudarnos a comprender las palabras del ilustre politólogo enfundado en los oficios de buen presidente tengamos que pedir el auxilio de un par de viejos sabios de la filosofía política.

Estoy seguro que usted ha escuchado la tristemente célebre: “cada pueblo o nación tiene el gobierno que se merece”. Tradicionalmente la frase se atribuye a Joseph de Maistre, un católico contrarrevolucionario francés del siglo XVIII; desde luego la idea resulta ser mucho más antigua, se remonta a Platón quien la expresó de manera más precisa: “la forma gubernamental de los estados no procede de las rocas, sino de las costumbres mismas de los miembros que los componen, y de la dirección que este conjunto de costumbres imprimen a todo los demás”. La pinza se cierra si tomamos como fundamento la reflexión de nuestro maravilloso Tlatoani: es costumbre entre “los nacos” gobernarse democráticamente por hombres del pueblo, igual o más “nacos” que ellos mismos. La afirmación suena tan plausible que ni siquiera Lord Molécula se atrevería a preguntar.

Tomemos un caso en particular: en los últimos días miles de mexicanos abarrotaron las costas del país, algunos gustosos arrastraban su tanque de oxígeno por la playa; bajo este contexto, ¿por qué sería reprochable que la eminencia epidemiológica de López Gatell hiciera lo propio sobre la arena de Zipolite?, ¿cómo recriminarle al gobierno cuando el compadre, el vecino y tal vez hasta uno mismo haya hecho lo mismo? La autocensura entorno al reproche nacional no es ninguna causalidad; el mensaje presidencial no tiene una sola palabra –pero sí muchas pausas- de desperdicio: trasladó exitosamente en el imaginario colectivo, que es el único sitio donde se construye el Estado, la responsabilidad política frente a la pandemia al terreno inexistente –pero estoicamente creíble- de la culpabilidad colectiva. Entonces, ¿cómo reclamarle a un gobierno que ha monitoreado, en vez de controlado la pandemia, cuando quizá yo mismo estoy saboteando el único exhorto coherente que han impulsado en diez meses: quédate en casa? Y sin embargo cuando los reclamos se asoman la respuesta siempre ha sido la misma: ¿acaso, pueblo bueno y “naco”, no te has dado cuenta que tan sólo soy tu reflejo? Larga vida a la nacocracia mexicana.