Pueblo castigador

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Por Enrique Huerta

En un país donde la enseñanza de matemáticas elementales aún representa un desafío para docentes y alumnos por igual; un mapa multicolor del territorio nacional, resultado de una jornada electoral, adquiere tintes de absoluta realidad no sólo para el votante promedio, también para el diagnóstico de algunos “expertos”, desafortunadamente más cercanos a la chatarrización de las formaciones universitarias que a un análisis certero de la anatomía del votante mexicano.

En otras palabras, detrás de la espectacular paleta de colores que se comparten en las redes sociales tenemos fenómenos realmente complejos: identidades partidistas que se afirman o trastornan según coyunturas críticas –Línea 12 del Metro-, evaluaciones sobre el desempeño gubernamental de los partidos –Gatell y el manejo genocida de la pandemia-, crisis económicas que producen realineaciones inmediatas de amplios sectores socio-económicos –las clases medias con estudios universitarios respaldando las candidaturas del PRI-PAN-PRD-, voto diferenciado motivado por el temor de sectores productivos frente al resurgimiento de una autocracia presidencial –AMLO 24/7-, remplazo generacional de electores, por definición mucho más proclives a temas de la agenda liberal –en los últimos tres años el listado nominal sumó a 5 millones de jóvenes-. Por decir algunos factores, se trata de una complejidad imposible de ser explicada desde el binomio mapa-acuarela y, sin embargo, si obviamos los matices y contamos los números, sin perder de vista el tamaño de los padrones, es posible llegar a afirmaciones interesantes.

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Hagamos una retrospectiva. En 2018 López Obrador obtuvo 30 millones de votos; su coalición en Cámara de Diputados seis millones de sufragios menos –la diferencia se explica por el llamado voto útil-. El 6 de junio Morena y sus aliados lograron convencer a casi 21 millones de votantes; el PRI, PAN y PRD a poco más de 19 millones. ¿Estamos frente a un empate técnico o ante un descalabro de 9 millones? Nada más lejano que eso. Entre ambos comicios existe una diferencia de sólo de tres millones de votos, si dejamos a un lado las presidenciales. Entonces, ¿por qué Morena y PT ahora necesitan al PVEM para lograr el control del presupuesto en San Lázaro? Tres razones poéticas: a) los votantes duros expresan su descontento quedándose en casa, son incapaces de votar por cualquier otra fuerza política, si están inconformes se abstienen y una fracción vinculante de “Peje-fans” optaron por ese camino; b) en cambio, los que sí abarrotaron las urnas fueron los electores de clase media con fueron a la Universidad, su voto de castigo fue decisivo; c) el resto de la debacle de la 4T estuvo a cargo de las fórmulas de reparto proporcional, desde siempre diseñadas para sobrerrepresentar fuerzas con más de dos millones de votos efectivos como el PRI, Movimiento Ciudadano y el Verde, en detrimento de la opción más votada, Morena en este caso. ¿Quién diría que en sólo tres años la oposición moralmente derrotada terminaría electoralmente reivindicada?