Rosario Ibarra rechaza recibir medalla en memoria de su hijo desaparecido

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Rosario Ibarra de Piedra solo quiere la verdad. La activista, de 92 años, ha sido reconocida este miércoles por el Senado mexicano con la medalla Belisario Domínguez, la presea más importante del país, por su trayectoria en favor de los presos, desaparecidos y exiliados políticos. Ibarra ha decidido no aceptar el galardón hasta que el presidente, Andrés Manuel López Obrador, le dé avances del paradero de su hijo, Jesús Piedra Ibarra, víctima de desaparición forzada durante la Guerra Sucia, cuando el Gobierno de los años 60 y 70 persiguió a los movimientos sociales y políticos.

La pionera en la lucha social en México no acudió a la ceremonia de premiación debido a su delicado estado de salud. Esto no impidió que su voz fuese escuchada. Su hija Claudia fue la encargada de transmitir la exigencia al mandatario mexicano: “No quiero que mi lucha quede inconclusa, es por eso que dejo en tus manos la custodia de tan preciado reconocimiento y te pido que me la devuelvas, junto con la verdad sobre el paradero de nuestros queridos y añorados hijos”. Los amigos y familiares convocados a la ceremonia en el viejo edificio del Senado, en el centro de Ciudad de México, pronunciaron la frase que ha acompañado a Rosario por más de 40 años: “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”

Claudia, le hija menor de Ibarra de Piedra leyó con voz firme y enérgica las palabras de su madre frente al presidente, decenas de legisladores e invitados especiales como la escritora Elena Poniatowska. “La impunidad absoluta de este aparato represor y de sus creadores ha permitido que hasta nuestros días se siga cometiendo la desaparición forzada y se continúe arrojando lodo y agravio a nuestros familiares desaparecidos”.

La denuncia de doña Rosario tiene el rostro de su hijo, Jesús Piedra Ibarra. El joven de entonces 21 años, estudiante de medicina y presunto integrante de la organización guerrillera Liga 23 de Septiembre, desapareció el 18 de abril de 1975. Esa fecha marcó el destino de la familia. Sobre todo de su madre, una mujer menuda originaria de Saltillo, Coahuila (norte de México) que soñaba con ser bailarina o declamadora, pero ante la ausencia de Jesús se convirtió en una de las primeras defensoras de los desaparecidos en México. Una causa que ha abrazado los últimos 44 años.

El nombre de Jesús se convirtió en su bandera, el puño en alto fue el estandarte para sumar a más madres que, como ella, habían perdido el rastro de sus hijos e hijas. Su grito en el desierto fue escuchado. Junto a Rosario, cientos de mujeres que también perdieron la pista de sus hijos, conocidas como Las Doñas marcharon, hicieron huelgas de hambre y se plantaron frente a las oficinas del entonces presidente Luis Echeverría para exigir justicia.

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