San Javier: La prisión que experimentó con reos

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Por Itzeli Valencia

A finales del siglo XIX, Puebla se convirtió en la primera ciudad en realizar estudios criminales en todo México. Los científicos usaban técnicas internacionales que ni siquiera se conocían en Lecumberri, la cárcel más imponente del país.

En las paredes del penal de San Javier, médicos exploraron la mente de asesinos o violadores. Con esto también se dio pie a un nuevo modelo penitenciario que sigue vivo.

En esa penitenciaria, ubicada en avenida Reforma 1309, los reos sirvieron como conejillos de indias para crearon conceptos sobre Antropología Criminal, así como para probar vacunas y experimentar la alimentación racionada que a la postre ayudó a crear la “canasta básica” para los pobres.

La Dra. Nidia Cruz Barrera, investigadora del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades de la BUAP cuenta que las investigaciones eran coordinadas por los médicos Francisco Martínez Vaca y Miguel Vergara

También se clasificaron armas utilizadas para delinquir, que dio paso al primer museo del Crimen, así como el departamento de fotografía forense y de un catálogo fotográfico de la fisionomía y tatuajes de los presos, generándose registro y estadísticas en materia delictiva.

Con este sistema penitenciario, se establecieron talleres para evitar el ocio en los prisioneros, mantener la obediencia y controlar a la población, tal y como hasta ahora, un siglo después.

Un hallazgo de los investigadores fue que, los homicidios eran cometidos – en su mayoría – por personas que procedían de climas calientes, mientras que los robos se ejecutaban por oriundos de climas fríos.

Fue el presidente Porfirio Díaz quien impulsó esta labor científica desde Puebla. Los científicos y médicos poblanos fueron enviados a Europa para aprender el método de identificación criminal.

Los especialistas del Palacio Negro de Lecumberri en la ciudad de México, venían a Puebla para recibir asesoría y poner en práctica las ciencias penal, médica, antropológica y psicológica, relató la historiadora.

Como parte de los estudios, y para innovar en la política penal, Puebla fue – desde la cárcel de San Javier – el 1 de abril de 1891, el primer estado en abolir la pena de muerte y fijar una sentencia máxima de 20 años de prisión, en el caso de delitos más graves.

EL INMUEBLE
En el inmueble de San Javier, desde su creación en 1743, fue un colegio, sirvió para dar alojamiento, fue un hospital, se convirtió en un fuerte militar durante la batalla del 5 de mayo en 1863 ante la intervención de los franceses denominado como fuerte de Iturbide y finalmente un centro penitenciario donde iniciaron investigaciones sobre la conducta de los criminales.

El director del Archivo General Municipal de Puebla, Alejandro Hernández Maimone señaló que esta cárcel fue el primer lugar en México que utilizó un sistema de vigilancia hacia los delincuentes, a través de la arquitectura panóptica que permitía la observación de los presos desde cualquier punto; método también usado en Lecumberri.

San Javier tenía capacidad para albergar 500 reos, con celdas de 1 metro 20 x 1 metro 70 diseñadas para una sola persona, pero que, con el paso del tiempo se fue saturando hasta volverse un riesgo de seguridad para el primer cuadro de la Ciudad.

El cronista Sergio Vergara Berdejo explicó que junto con el palacio de Lecumberri, la ex penitenciaría de San Javier se vuelve ejemplo nacional en el sistema penitenciario e investigación de las conductas criminales que da origen a entender las razones y motivos que orillaban a cometer los delitos.

Otro aspecto que caracterizó a la penitenciaria de San Javier es que – a diferencia de la actualidad – tanto hombres como mujeres tenían una convivencia, bajo la idea de lograr la readaptación social. A los patios podían entrar los familiares y en los kioscos del lugar estaban grupos musicales creando “fiestas”, en día de visita.

También había leyendas, por ejemplo, el Capitán Fantasma, un prisionero de Santiago Reyes Quesada que logró fugarse varias ocasiones de Lecumberri, vistiéndose de militar para lograr su cometido, por lo que en su último intento en 1981 fue trasladado a la penitenciaria en Puebla donde murió años más tarde.

El 15 de marzo de 1984 cerró definitivamente esta cárcel y los reos fueron trasladados al Centro de Reinserción Social de San Miguel.

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