Tanatopolítica y nada más

11

Por Enrique Huerta

En una entrevista arrinconada en lo que hoy se ha convertido en la memoria digital del mundo –YouTube-, el expresidente Gustavo Díaz Ordaz en abril de 1977 afirmó, sobre su responsabilidad personal en los hechos de 1968, ante la atónita mirada de un puñado de periodistas y mirones:

“Se dirá que es muy fácil ocultar o disminuir (…) los nombres no se pueden desaparecer; ese nombre corresponde a un hombre, a un ser humano que dejó un hueco en una familia (…) el hueco no se puede destruir, cuando se trata de destruir un hueco, se agranda”.

No deja de ser sorprendente que el pragmatismo de una de las figuras más oscuras de la historia política del siglo XX mexicano arroje semejante luz sobre la naturaleza de la tanatopolítica, es decir de la nuda vida, del hombre sacrificable, exterminable por decisión u omisión soberana. Más de 60 mil desapariciones han trascurrido desde entonces y en la actualidad la sentencia cada día tiene más fuerza: no sólo porque la noche de Tlatelolco no ha terminado después de 52 años, sino porque “el hueco” en la era del “cuatroteísmo” se ha convertido en un fúnebre abismo:

La producción industrial de cadáveres en México haría palidecer a Díaz Ordaz. En los primeros dos años de la administración del presidente López Obrador la Fiscalía General de la República ha reconocido 66 mil 134 homicidios dolosos y más de 1,642 feminicidios, de ese gran total han fallecido 910 policías de diferentes órdenes de gobierno en el ejercicio de sus funciones, se trata del arranque de sexenio más sangriento de nuestra historia; no conforme con ello la secretaría de Salud, en la voz del pregonero de la pandemia, aseguró que han muerto 92 mil 100 mexicanos a causa del Covid-19, al menos 1,744 era personal de salud, y del total de hospitalizados el 85 por ciento agonizaron en nosocomios públicos; por si todo lo anterior no fuera lo suficientemente sombrío la misma dependencia ha comprobado que entre enero y septiembre de este año se registraron 193 mil 170 actas de defunción adicionales, es decir un 36.8 por ciento de incremento “directa o indirectamente relacionado con la epidemia”, según el equipo del ilustrísimo López Gatell.

¿Cuántas hectáreas de flor de cempaxúchitl tendrían que haberse cortado para rendir homenaje a los muertos del primer tercio del sexenio de López Obrador? Y todavía más importante: ¿nos libraremos del despeñadero? El horrido cuervo vetusto y amenazador de Díaz Ordaz, posando en el busto esculpido de Palas en el dintel de la puerta de Palacio Nacional, ya nos hubiera respondido: nunca, tanatopolítica y nada más.